Participar en la Feria del Libro Chaco-Guaraní fue para mí una experiencia única. Esta edición, que comenzó el 13 de febrero y se extiende hasta el 1 de marzo, convocó y sigue convocando a una enorme cantidad de público, ofreciendo una variedad extraordinaria de propuestas culturales, literarias y educativas que la convirtieron en un espacio vivo, plural y apasionante.
Poder presentar mi conferencia en ese marco fue un privilegio que agradezco profundamente, y compartir ideas sobre nuestra historia y nuestra identidad con tanta gente reunida por el amor a la cultura y al conocimiento fue, sin dudas, una de esas oportunidades que no se olvidan.

En esta ocasión me propuse mirar al General José de San Martín desde un ángulo diferente. Se ha escrito tanto sobre él como prócer, héroe y padre de la patria. Sin embargo, más allá de su dimensión militar, San Martín fue también una figura de profunda sabiduría práctica.
Los valores y las máximas del General José de San Martín
Para desarrollar esta mirada tomé como hilo conductor tres aspectos centrales: los cinco principios de la filosofía antigua que propone Walter Riso en su libro El camino de los sabios, el amor a la patria como motor de todas sus decisiones, y las Máximas que San Martín escribió —ya sea como guía personal o para orientar a su hija Mercedes— y que constituyen un verdadero código de conducta universal.
Primer aspecto: Los cinco principios del camino del sabio
Walter Riso propone cinco principios de la filosofía antigua griega como guía para la vida cotidiana. Tomé algunos momentos y decisiones concretas de la vida de San Martín para relacionarlos con cada uno de ellos, y al mirar su conducta desde esa perspectiva, los encarna de manera notable.
La coherencia como forma de vida es quizás el rasgo más visible. San Martín predicó con el ejemplo en todo momento. Cuando abandonó una brillante carrera en España para venir a América, dejó atrás un futuro lleno de posibilidades, impulsado únicamente por sus convicciones más profundas.
El Cruce de los Andes es otro ejemplo magistral: no fue solo una hazaña física, sino el resultado de una planificación meticulosa, de resolver problemas de armamento, vestimenta, logística y estrategia con los recursos limitados de Cuyo. También mostró esa coherencia en su vida personal: amó a su esposa, a su hija, a sus tropas, y lideró desde la igualdad, durmiendo en el suelo bajo temperaturas extremas junto a sus soldados.
Ocuparse de sí mismo lo practicó a través del conocimiento. Fue un ávido lector toda su vida y llevó libros consigo incluso durante las campañas militares. Transportó más de setecientos volúmenes cruzando el Atlántico y los Andes, y lejos de atesorarlos, los donó para fundar bibliotecas en Mendoza, Santiago de Chile y Lima. Entendía que la libertad de un pueblo no se construye sólo con victorias militares, sino también con educación y cultura. Esa búsqueda constante de conocimiento para mejorar y para servir mejor es una expresión auténtica de este principio.
La tranquilidad del alma es quizás el aspecto más conmovedor. San Martín enfrentó traiciones, la muerte de su esposa, el exilio, las calumnias y las luchas fratricidas de su patria, y sin embargo mantuvo una serenidad notable. No buscó protagonismo ni venganza. Entendía que la independencia era un proceso largo, que el tiempo era un aliado, y que la misión importaba más que el reconocimiento personal.
La autosuficiencia del sabio se revela en su retiro voluntario del poder. Después de Guayaquil renunció a todo lo conquistado. Vivió en Europa de manera austera, rechazó mandos militares extranjeros, y aun con problemas crónicos de salud mantuvo su libertad interior intacta. Murió rodeado de su hija y sus nietas, con la serenidad que había cultivado durante décadas.
Vivir conforme a la naturaleza significó para San Martín conocerse a sí mismo y actuar desde ese conocimiento. Reconoció sus talentos como estratega y los puso al servicio de una causa mayor. No se engañó sobre las dificultades: enfrentó obstáculos militares, tensiones internas y traiciones, y respondió a cada una con sabiduría práctica y sentido de la realidad.
Segundo aspecto: El amor a la patria
San Martín nunca olvidó sus raíces. Se formó en España y tenía un futuro prometedor en
Europa, pero su corazón siempre fue americano.
La decisión de dar un paso al costado después de Guayaquil es quizás la expresión más pura de ese amor. Sabía que no había lugar para dos grandes hombres en ese momento de la historia americana, y que Bolívar no estaba dispuesto a ceder. Ante esa realidad, San Martín eligió el camino más difícil porque era el que su deber le indicaba: la libertad del continente importaba más que su figura, su poder o su gloria personal. Muchos lo criticaron, pero él sabía que lo que quedaba para la historia era la causa, no el nombre de quien la condujo.
Aun desde el exilio, en cada carta se percibe la nostalgia de que solo desea volver a su tierra a vivir en paz sus últimos días. Por ejemplo: en 1836 escribió que quería regresar a su patria sin pedir nada, solo que lo dejaran vivir tranquilo, sin cargos políticos, sin tomar parte en ninguna disensión. El destino no le permitió volver en vida, pero ese anhelo dice todo sobre el vínculo profundo e indestructible que mantuvo con su tierra.
Su obra tampoco fue individual. San Martín supo construir liderazgo colectivo: convocó a soldados correntinos para sus Granaderos, contó con Belgrano y Güemes en el norte, con Pueyrredón para los recursos, con las damas mendocinas que donaron sus joyas, con Fray Luis Beltrán en la fundición de armas, con Álvarez Condarco en la pólvora. Entendía que una causa grande necesita de muchos, y ese reconocimiento es también una forma de amor: no solo a la patria sino a las personas que la construyen.
Tercer aspecto: Las Máximas.
Las Máximas de San Martín son uno de los documentos más singulares que nos dejó. Algunos historiadores creen que las escribió para orientar a su hija Mercedes; otros piensan que fueron también una guía personal. Lo más importante es que cada una de ellas tiene respaldo en hechos concretos de su vida.
Humanizó su trato con todos, desde sus oficiales hasta los esclavos y los pobres, sin arrogancia ni condescendencia. Practicó la caridad sin ostentación: renunció a la mitad de su sueldo de gobernador, decretó la libertad de los hijos de esclavos y eliminó la denominación discriminatoria de «indios» en el Perú, reconociendo que los indígenas eran ciudadanos con plenos derechos.
Tuvo un respeto profundo por la propiedad ajena: rechazó las tierras que le ofrecieron para su hija y destinó una fortuna a fundar una biblioteca.
Vivió con amor al aseo y desprecio al lujo. Era sobrio en el comer y en el vestir, no por pobreza
sino por elección consciente. En 1816 decretó que el lujo y las comodidades debían avergonzar a quienes los ostentaban en tiempos de sacrificio colectivo, y las damas mendocinas, encabezadas por su propia esposa Remedios, respondieron donando sus joyas.
Su vestimenta durante el Cruce de los Andes era funcional y apropiada, sin ninguna ostentación. Las Máximas cobran valor porque San Martín las vivió. Y justamente por eso siguen siendo una guía práctica para cualquiera de nosotros hoy.
José de San Martín no fue solo un gran líder militar. Fue una persona que vivió con coherencia, autocuidado, serenidad, autosuficiencia y autenticidad, encarnando la figura de un verdadero sabio. Su ejemplo sigue vigente y nos inspira a cultivar la sabiduría en nuestras propias vidas, con el compromiso ético que él tan magistralmente mostró, renovando así su legado en cada generación.



